Manifiesto Comunista, Marx-Engels, 1848
Lo primero que debemos entender es la naturaleza de la propiedad.
Cada vez que pueden, los animales defienden su territorio, su comida, su hembra o hembras (las reinas insectos, sus zánganos), su prole... Pero, no todos los animales son como culebras o tigres, que llevan una vida solitaria excepto para reproducirse. Las hienas y las abejas, por ejemplo, entienden la propiedad como un bien común.

La propiedad es algo natural en el ser humano, sí, tanto individual como comunitario.
En realidad el concepto de la propiedad individual, de hecho y derecho, aparece recién con la burguesía europea. Antes de eso, sólo monarcas e instituciones religiosas (las oficiales, claro) podían ser dueños legítimos y legales. Y antes, en las tribus más primitivas, existían distintos tipos de propiedades comunitarias. Incluso de esclavos. Es decir, humanos que eran propiedad de otros humanos. Amnistía Internacional hubiera pasado mucho trabajo en aquellas épocas.
Sin duda, la aparición de la propiedad privada significó un beneficio social para la humanidad. Como lo fue en su momento la invención de la rueda o el descubrimiento de la penicilina. Desde cualquier punto de vista imparcial la propiedad privada representa un avance.
¿Por qué entonces aparecieron esos malditos comunistas a joder el parque?
¡Porque en 1848 los hijoeputas patronos explotadores, acumuladores de capital, únicos posibles dueños, vampiros egoístas, eran más malos que Montgomery Burns!

Bueno, eso era así hace doscientos sesenta años atrás. Desde entonces, gracias, entre otras cosas, a la labor política de la ideología socialista y a la inteligencia humana, las relaciones laborales en el sistema capitalista han mejorado hasta el punto de que hoy, a escala global, vivimos la mejor época de bienestar en la historia de la humanidad desde hace unos 200 mil años, cuando se calcula que apareció el homo sapiens.
Y eso se debe en gran medida (casi esencialmente) al desarrollo de dos conceptos éticos modernos que, a la vez, son algunos de los logros más importantes de nuestra especie: libertad individual y propiedad privada (incorporados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, justo a un siglo de la publicación del Manifiesto Comunista).
Aquí viene la parte antipática de estas líneas.
El problema de la “defensa” de la propiedad privada en Venezuela es que la mayoría de nuestros vernáculos no tiene muy clara la noción de libertad individual y, mucho menos, la responsabilidad que acarrea. El concepto de libertad que maneja un venezolano promedio se parece más a un día de playa donde la basura se bota indiscriminadamente a diestra y siniestra, que a la inauguración de puesto en el mercado que a partir de ahora hay que trabajarlo todos los días.

No culpo a los nativos. Nos han enseñado —en teoría y práctica, desde nuestra infancia hasta la vejez— que es más productivo jugar a la perversa la piñata gris de la burocracia , que sudar día a día el reto de la libre empresa. Llevamos toda la vida construyendo un país dependiente de un estado benefactor que está obligado (aunque cumple mal, poco o nada) a darnos lo que nos corresponde de la torta petrolera. Somos un país con alma de empleado público, no con espíritu emprendedor.
CEDICE y otra institución (acabo de ver el spot, pero no tuve oportunidad de retener el nombre) han desarrollado una campaña publicitaria en defensa de la propiedad privada, pero ambas pierden el sentido de un mensaje constructivo o educativo. Caen en el lugar común de la confrontación que tanto daño le ha hecho al discurso político en el país.
No propone nada. Peor aún, falla en el objetivo esencial de un mensaje, persuadir a quien no está convencido. Termina siendo una argumentación similar a cualquiera de las demostraciones ontológicas de la existencia de Dios, sólo convence a quienes de antemano ya creen en Dios.
La gran mayoría de los venezolanos no se considera propietario, sino desposeído. Siente que todo se lo merece sólo por tener un número de cédula y difícilmente se identifica con un empresario. Más bien lo ve como un explotador que alguna trácala tuvo que hacer para tener dinero, un dinero que seguro se lo birló al pobre empleado… con quien sí se identifica.
En cierta manera estamos más cerca de 1848 que de 1948. Qué decir del siglo XXI.
No todo es tan malo. Además de esta campaña, sin duda fallida, CEDICE tiene 25 años trabajando en el país y realiza una esfuerzo serio en la divulgación del pensamiento liberal. Eso es incuestionable.
Pero esta vez se peló.
Como el 12 de abril de 2002, cuando de mano de Rocío Guijarro, su gerente general, firmó el “Decreto Carmona”. Aunque su defensa para haberlo hecho me parece menos justificable, teniendo en cuenta que se trata de una institución cuya misión es: “la divulgación, educación y formación de los principios que sustentan la libre acción de la iniciativa individual….”
Puede revisarla, querido lector, en la propia página de CEDICE.
http://www.cedice.org.ve/detalle.asp?id=2901
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