jueves, noviembre 12, 2009

Moralidades esquizoides

¿Cómo ha podido ocurrir esto?



Inducíamos que debía haber algo más detrás de toda esta locura. Previamente a los sucesos, la gordita tenía que haber jugado con los sentimientos de algún compañero o compañera (aquí cabe muy bien la apostilla de género) de clases. No podía ser que esa muchachita, que si bien es tetona de ojitos verdes y rubia pintada, tampoco es que sea la reencarnación de Ann Nicole Smith.

Ann Nicole Smith en su mejor momento

Ann Nicole Smith en el momento que más se parecía a Geisy Arruda

Suponíamos todos, tras largas deliberaciones frente al YouTube, que algo muy malo tenía que haber hecho. Es imposible creer que una minifalda produzca ese perverso efecto "Justine soltada en una cárcel de presos que llevan diez años sin ver mujer".

Ciertamente, no importaba lo que fuera, nada justifica esa estupidez masiva, ni tener que salir entre gritos de “¡puta, puta, puta!”, como si se tratara de una cortesana aliada de los nazis en la Paris recién desocupada.

Pero no. La universidad, en vez de alarmarse porque sus alumnos se comportan como una junta de condominio de la Salem del siglo XVII, anunció que expulsaba a la gordita.

No tanto por haber ido en minifalda roja rojita, sino por su actitud provocadora, desacorde a la moral y buenas costumbres de la universidad. El vocero académico, con su corbata lengua é vaca y más sudado que portugués de panadería, aseguraba que la universidad estaba preparada para una demanda si esta ocurriera.

No fue necesario. La gordita se convirtió en un show de farándula noticiera y la sociedad brasileña en general —practicante cultural de su vocación sensual, sus desnudeces carnestolendas, sus tangas playeras, sus transexualismos evidentes, su pornografía internacional y su histórica lambada— creó una matriz de opinión que obligó a la ¿universidad? a echar pa´tras la decisión y revocar la expulsión.

Final feliz. Aunque dudo que la gordita regrese. Ya pa´qué, si puede hacer su propio show televisivo o cobrar bastante por salir en Playboy.

En realidad es muy probable que toda la barahúnda estudiantil ha podido ser detonada por cualquier chispa. La masa se vuelve estúpida si se deja arrebatar por la locura del momento. A lo mejor sólo les pareció divertido en aquel momento humillar a una gordita voluptuosa indefensa. En el fondo se trata más de abuso de poder que de desenfreno u ofensa sexual. Es la moral (hipócrita como la mayoría de las veces) como herramienta arbitraria de fuerza social.

Sin embargo no deja de parecerme curioso cómo la sensualidad ajena puede desatar tanta molestia moral.

Este extraño portento social de percibir como amenaza el cuerpo medio desnudo es casi esquizofrénico. Si lo reflexionamos bien, lo normal sería estar naturalmente desnudos cada vez que pudiéramos, como en la playa, por ejemplo. Pero no. Usted ve a chicas con unos hilitos que apenas le tapan los pezones de unos pechos grotescamente inflados por siliconas hasta reventar. Y eso es lo normal.

En Venezuela sufrimos de un obsesivo pudor fotográfico en general y un impresionante “tabú de pezón” en particular.

Urbe Bikini es la exitosa demostración de este síndrome. Allí sale toda estrella consagrada del show business o wannabí de bomba sexy en las poses más provocadoras, pero ocultando religiosamente cada uno de sus pezones.

Sobre la zona del pubis y sus detalles aledaños hay un terror fotográfico tal, que a la familia De Armas le pareció pertinente durante los primeros años no mostrarlo ¡en la mismísima revista Playboy! En nuestra edición criolla, en los “reportajes gráficos” con nuestras modelos vernáculas, por supuesto. No es que censuraban las fotos extranjeras. Las de afuera sí podían mostrar ese bollito pelao sin restricciones. En su descargo debemos reconocer que es una política que está siendo superada y ya hay algunas compatriotas que asoman un poquito su sonrisita vertical.

Por eso me pareció muy, pero muy, curioso, la osadía de Ronda. En su edición posterior al Miss Venezuela publicaron un reportaje gráfico con “lo mejor y lo peor” de la noche tan linda como esa. Cuál no sería mi sorpresa que, en una foto del cuadro de honor triunfante —cada una sonriente a reventar, tratando de que no se le corriera la corona que nunca se ajusta al peinado, ajustándose las bandas identificativas y tratando de guardar la etiqueta adecuada para la circunstancias—, cual víctima primermundista de los paparazzi desalmados, Miss Zulia fue inmortalizada en el momento que se le escapaba su lindo pezoncito rosado del vestidito de gala.



No le parece extraño querido lector. Andamos como unos talibanes gráficos de nuestra farándula y, cuando vamos a hacer unas fotos con una actriz reconocida o aspirante a estrella sensual, la consigna es ocultar estratégicamente sus picos anatómicos sexuales, pero cuando a una embajadora de nuestra belleza se le escapa involuntariamente un pedacito de teta la publicamos con circulito resaltador y comentario chistoso.

¿No estamos un poco majaretas?

jueves, septiembre 17, 2009

¡Qué miedo tengo! Va a volver a escaparse de su tumba

Reconozco que dedicarle parte de mi tiempo a un artista sobrevalorado es una necedad, porque estoy cayendo en el juego de la valorizar lo que tanto critico. Pero es una necedad tan morbosa e irresistible como hablar mal de Chávez. Así que seguramente usted tendrá la delicadeza de comprenderme, querido lector.


Sobre todo cuando se entere (si no es que ya se enteró) que el 28 de octubre se estrenará ¡a nivel mundial! un ¿documental? cinematográfico con material grabado durante los ensayos de “This is it”, la serie de conciertos que nunca ocurrirá. Así que, nuevamente, el cadáver regresa del más allá para estafarnos con su arte artificioso.

Tuvo un gran futuro en sus inicios. Cantaba bien con su voz de eunuco. Desde los dieciocho años repitió con maestría los mismos pasos de tocarse las bolitas, bajarse el sombrerito, latiguear los bracitos… sin parar hasta conseguir lo suficiente. Y aprendió a aliarse con creadores excepcionales para producir muchos éxitos, uno de ellos el álbum más vendido en la historia del mercado discográfico. Produjo videoclips maratónicos, shows aparatosos y películas mediocres. Eso habla muy bien de él como productor o negociante, pero no como artista. Como dice Residente Calle 13: "Yo quiero componer y cantar. Si quisiera vender discos montaría una tienda".


Si no se hubiera inventado a sí mismo como un zombie con la bemba tijereteada, nariz cadavérica, cabellos planchados y piel despigmentada. Si no hubiera jugado a ser la autovíctima pederasta. Si no se hubiera encerrado en su propio manicomio infantil. Si no hubiera sido el sospechoso padre a control remoto de unos niños rubios. Sólo habría sido otro cantante gay de clóset.

Louis Armstrong, Ray Charles, Ella Fitzgerald, Yma Zumac, Héctor Lavoe, Bola de Nieve, Celia Cruz, Billie Holliday, Agustín Lara, Ismael Rivera, Blanca Rosa Gil, tenían más talento en una sola uña recién cortada que todo lo que alguna vez pudo tener en su cuerpo entero el negrito sobrevalorado. Mi amigo Tom me acota que ninguno de los arriba mencionados bailaba y cantaba. En cambio cantaban y tocaban, o componían y cantaban, o finalmente no importa, porque una sola nota del saxo de John Coltrane vale más que todas las caminatas en reversa de la Tierra a la Luna.

Y si se trata de cantar y bailar a la vez, pues basta un nombre: James Brown. Ridículamente divino.

En cualquier caso, como decía la racista de mi abuela mestiza: "la culpa no es del indio, sino de quien lo hace compadre". Me preocupa más mi entorno de amigos educados y con criterio que insisten en encontrar méritos artísticos donde sólo hay inteligencia comercial. Gracias a Dios Quincy Jones acaba de atreverse a abrir la boca y decirlo: “El tipo era bueno, pero no jugaba en la liga de los más grandes”. Y me perdona querido lector por esta descarga tan extemporánea sobre el pobre finadito, que en paz descanse. Pero, ¡joder!, en un mes estrenan “This is it” y van a volver a patear el perolito de la estafa artística.

Es innegable que bailaba y cantaba muy bien. Pero ya. Si el resto de su estrategia y energía profesional las dedico obsesivamente a venderle su alma al diablo de la industria (hasta consumirse en su propio infierno), eso sólo lo convierte en un producto masivo mundial, como un Gaterode o un celular Nokia, pero jamás en un mejor artista.

Su legado, me siguen acotando... Es decir, desde Britney Spears hasta Calle Ciega. Por el amor de Dios, si este lastimoso fenómeno de muchachos que se montan en una tarima a practicar el “canta-baila-sin corazón” puede considerarse un “legado artístico" a la historia del espectáculo universal, de nada valió que el mundo pariera un Benny More.

Y como decía mi misma abuelita mestiza y racista: “Esta bueno culantro, pero no tanto”.

viernes, septiembre 04, 2009

Drogas Inc. El cuento del Coco que todavía queremos que nos asuste

Una de las moralejas que nos deja esa maravillosa fábula “Monsters Inc.” es alta y clara: quienes se benefician de un negocio millonario estarán siempre dispuestos a sostener la mentira más abyecta —en nombre del bien común— si esto sirve a sus beneficios personales.

El espantoso “flagelo de la droga” es una de esas mentiras que nos tragamos día a día, sólo para que unos cuantos manipuladores mentales vivan llenándose los bolsillos y violando nuestros derechos ciudadanos, bajo un pretexto hipócrita que alude a la salud pública.

A partir de este momento algunos amigos deberían dejar de leer, porque ya hemos hablado de esto y los voy a aburrir. Pero si usted, querido lector, es de los que todavía cree ilusamente que la única solución a la sangrienta maldición del narcotráfico no es la legalización, debería seguir leyendo. Podría interesarle. A menos que prefiera seguir viviendo el paraíso artificial de su mentira.
Es evidente que, a pesar de todos los esfuerzos por criminalizar, perseguir y penalizar el negocio y el consumo de drogas, la gente sigue consumiendo y el negocio ¡criminal! sigue viento en popa en todo el mundo. Pero, ¡un momento!

Si supiera cómo hacerlo, en este momento programaría una pausa que dijera "Seguir leyendo" para hacer click. Pero como no sé, me gustaría hacerle una pregunta al centro de su corazón: ¿Consumir drogas es un delito?

Las distintas legislaciones consideran el consumo de algunas drogas como un delito contra la salud pública. Sin embargo el resto de los comportamientos considerados delitos (a excepción del intento de suicidio) requiere, como elemento esencial, el atropello de la voluntad de terceros.

¿Pilla la sutil diferencia, querido lector? Un robo, una violación, un homicidio, una estafa, un abuso de poder… se consideran crímenes porque ocurren en contra de la voluntad de una víctima, que no desea que la roben, violen, maten, estafen o abusen. Y para eso está el Estado, para defender el derecho del individuo o la sociedad.

Cuando alguien va con sus dos pies hasta la cancha del barrio (las canchas en los barrios nunca alejan a los chicos de las drogas, por el contrario allí es donde se dan cita vendedores y compradores, mientras hacen deporte), saca dinero de su bolsillo, recibe su dosis, se la guarda hasta la noche, la lleva a la fiesta y la comparte con sus amigos… ¡lo hace todo voluntariamente! Nadie le pone una pistola en la cabeza (a no ser que un policía lo intercepte en el camino). Y en este proceso voluntario casi la totalidad de las veces, nadie sale dañado… bueno, nadie sale herido, dañados son todos.
Llevan tiempo diciéndonos que las drogas son perversas y dañinas. Más o menos como a los monstruos de Monsters Inc. les decían que los niños eran contaminantes.
No importaba que no existieran pruebas evidentes de cómo los niños habrían enfermado a monstruo alguno. Lo importante es que esa era la verdad oficial, no se cuestionaba y existía todo un departamento policial especializado para reducir a cualquier monstruo que tuviera contacto con uno de ellos.


Lo cierto es que en su inmensa mayoría los usuarios de drogas no son adictos ni, mucho menos delincuentes, sino consumidores recreativos. Se calcula por aproximaciones —como es un comportamiento estigmatizado socialmente y penado por ley es difícil que la gente responda con sinceridad a las encuestas— que por lo menos un 30% de personas consume algún tipo de droga ilegal en su vida. Pero la evidencia de la realidad demuestra que la gran mayoría de la humanidad no se convierte en adicta, pues sólo un pequeño porcentaje de usuarios de drogas se vuelve dependiente después de los primeros consumos. (1)

Pongamos el tema de la salud en su verdadera proporción. Según la Organización Mundial de la Salud la primera causa de muerte en el mundo son las enfermedades cardíacas (2), se estima que el próximo año el puesto se lo quitará el cáncer (3), el aborto inseguro es la tercera (4) y si revisamos las 12 primeras causas de muerte según el informe de la OMS 2004 encontraremos también la diabetes, el tabaco, los accidentes automovilísticos (5) y repararemos que el consumo de drogas ilegales no está vinculada directamente a ninguna. Si es la salud lo que nos importa, deberíamos preocuparnos más por la grasa de cochino, los infinitos virus, bacterias, el azúcar, la ausencia de educación sexual y los automóviles.

Llevan tiempo diciéndonos que: “Si con prohibición, la gente se droga, ¡¿cómo sería si fuera libre consumirla?!” Igual como a los ciudadanos de Monstruópolis les aseguraban que si no seguían asustando a los niños hasta que gritaran, la ciudad perdería su fuente de energía. Sin embargo, esto no era cierto. Sullivan y Mike habían descubierto que las risas y la alegría de los niños producían más energía que sus llantos.

Y por tratar de revelar este descubrimiento resultaron penalizados con el ostracismo perpetuo en el Himalaya.

Pocos países se han atrevido a sincerar éticamente su política de estado con respecto a las drogas. Podemos mencionar y usar como ejemplos a Holanda, Suiza y Portugal. En los dos primeros hace décadas que existen leyes menos punitivas con respecto al consumo de las drogas. En Holanda hay establecimientos donde puede fumarse marihuana. En Holanda y Suiza el Estado entrega dosis de heroína a quien la necesite o de metadona a quien solicite tratamiento. Y en Portugal ningún consumo es delito. Y en ninguno de esos países ha ocurrido el caos.

Todo lo contrario. Son países cuyas sociedades funcionan positivamente, exhiben índices de consumo similares o menores al promedio del resto de los países europeos y no se han convertido en mecas para los drogadictos. Los drogadictos de cada país viven y consumen en su país, como Dios manda. (6)

El director del Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías (instituto oficial de la Comunidad), Wolfgang Gotz, sostiene que una legislación antidrogas más dura y mayores controles no hacen que se consuma más o menos droga. Según Gotz, España, uno de los países europeos que más castiga el consumo de drogas, es el principal consumidor de cocaína de Europa. En Grecia apenas el 0,1% de la población consume cocaína con regularidad, mientras en España lo hace el 3%. (7)

Por cierto, ¿le parece una cantidad alarmante de consumidores (adictos son aún menos) un 3% de la población? ¿Vale la pena tanta persecución, cárcel, DEA, sicariato, dediles explotando en las tripas y corrupción en el poder judicial? ¿Todo este negocio perverso y multimillonario sólo para prohibirle apenas al 3% de la población que se drogue de vez en cuando si le da la gana?

Nada en la represión y el prohibicionismo podrá contener la natural tendencia humana al disfrute. Pero la inmensa mayoría de la gente no es estúpida (aunque los resultados electorales de este país sugieran lo contrario). La mayoría no va dedicarse a las drogas en desmedro de su progreso personal, sus relaciones sociales, sus amores, su familia, sus hijos, sus padres, sólo porque no estén prohibidas.

Si tenemos la libertad de elegir, quizás alguna noche nos volvamos locos, pero puestos en la perspectiva total del comportamiento de nuestras vidas, la inmensa mayoría vamos a ser prudentes.

Lo criminal no es consumir una sustancia que todo adulto debería tener derecho a usar si le viene en gana. Lo criminal es que, después de todos estos años de fracaso, sigamos obstinadamente golpeándonos la cabeza contra una verdad tan clara como el cristal, igual que una mosca tratando de salir por la ventana cerrada.

Aceptémoslo, la despenalización, por sí sola, no va a reducir o aumentar el consumo. Y aquí vuelvo a la esencia de esta reflexión: el consumo no representa una amenaza pública, la prohibición es perjudicial para todos.

Si abandonamos la irracional tozudez de la política de la prohibición, estas sustancias podrían negociarse legalmente, pagarían impuestos y se eliminaría la fuente esencial del narcotráfico y la corrupción que genera. Y, con una sociedad más sincera, sería más fácil brindarle ayuda específica a las víctimas puntuales de este entuerto que son los, porcentualmente pocos, individuos con personalidad adictiva. Eso sí sería preocuparse por la salud pública.

Ahora, si usted no admite, querido lector, que el consumo de drogas no puede ser erradicado definitivamente de la sociedad, perdimos el tiempo. Jamás ocurrirá que convivamos sin ninguna droga. Y no voy a seguir alargando este texto con la evidencia histórica que se ha encontrado, desde el neolítico, de los distintos tipos de droga que hemos usado desde que existe la humanidad. Incluso hay animales que consumen algunas hierbas o frutos con el único objetivo aparente de alterar estados mentales. Suena irónico, pero imaginar un mundo sin drogas es un paraíso artificial.

Mounsters Inc. es una película gringa y por lo tanto el final es feliz. La verdad triunfa y el capitalismo salvaje de la fábrica de energía se humaniza al seguir produciendo gracias a la alegría de los niños. No de su sufrimiento.

Se supone que Buda encontró en el apego la causa del sufrimiento. Si ese es el caso, la sociedad entera estaría sufriendo por su apego al mito de la prohibición. ¡Pare de Sufrir!


Llamados , notas a pie de página y demás. Discúlpeme querido lector, pero no fui capaz de ponerlos en forma de link Si lo desea puede copiarlos y pegarlos en el buscador de su preferencia

(1)
http://stopthedrugwar.org/es/cronica/532/mayoria_consumidores_primerizos_drogas_no_es_dependiente
(2)
http://www.dw-world.de/dw/article/0,,3745708,00.html
(3)
http://www.elmundo.es/elmundosalud/2008/12/09/oncologia/1228854697.html
(4)
http://www.criterios.com/modules.php?name=Noticias&file=article&sid=11695
(5)
http://www.who.int/features/qa/18/es/index.html

(6)
Dos artículos sobre el caso de Portugal
http://www.time.com/time/health/article/0,8599,1893946,00.html?xid=newsletter-weekly
http://www.bbc.co.uk/mundo/internacional/2009/07/090702_drogas_portugal.shtml
El informe oficial de Holanda sobre su política actual hacia las drogas
http://www.drugtext.org/library/reports/wvc/drugnota/4/Default.htm
Sin embargo, el actual Parlamento Holandés, mayormente conservador, ha planteado revisarla luego de tres décadas. Su tradicional permisividad podría verse afectada.
Mientras tanto los suizos demostraron gran flexibilidad al aprobar en referéndum que el Estado le continúe suministrando heroína a los adictos. También demostraron esquizofrenia, pues en la misma consulta rechazaron despenalizar el consumo de marihuana por una cantidad similar de sufragios, aproximadamente el 70%
http://www.unad.org/actualidad/noticias/archivo/32507.html

(7)
http://www.clarin.com/diario/2007/11/23/elmundo/i-03101.htm

lunes, agosto 24, 2009

Nuestra Primera Miss Universo Roja Rojita


El año pasado llevábamos doce que no ganábamos una. Además Dayana era una candidata exógena. Ya era una profesional con relativo éxito en el extranjero. Y además el evento ocurrió allá lejos en Vietnam quién sabe a qué hora. Así que la noticia nos agarró por sorpresa.

Pero este año estábamos más pendientes. Tanto que entre el primer y segundo inning de los Medias-Rojas Yankees hice zapping. Y a partir de ese momento todo cambió.

Para comenzar me enteré de que, por llegar cinco minutos tarde, me había perdido de casi todo el show, porque este año la vaina iba a ser menos maratónica y comenzaba con el 80% de las carajitas eliminadas antes del certamen. Como me perdí la primera presentación (que era apenas un trámite de edición ornamental), sólo podría ver con detalle a las quince primeras seleccionadas, quienes inmediatamente pasearían en bikini.

Luego de comerciales arrancó ese hembrero de casi metro ochenta cada una a contonear las caderas. De pronto apareció una catira llena de carne, con nombre impronunciable e inescribible, que a cada paso ataconado ocasionaba un sólido tremor en el tope de sus tetas, evidencia indiscutible de su naturalidad mamaria y, sin duda alguna, culpable del calentamiento global de Islandia.




















Ingibjörg Ragnheiður Egilsdóttir derritiendo el hielo

Me sorprendió que Miss Francia y Miss Suiza fueran un par de mulatas. Ya me parecen bastante parásitos esos franceses maricones y esos suizos neutrales, como para que nos estén robando también el mestizaje. ¿Por que no envían a sus rubias insípidas pero olorosas? La portorra me pareció más falsa que una promesa de amor de Juan Barreto. La australiana bella como la vecina del 4-B y la gringa me sorprendió que no se resbalara y cayera como un plátano patas arriba.


















Gona Dragusha es de lo más cuchi, a pesar de tener ese nombre que asusta


La finísima estampa a lo Audrie Hepburn de Miss Kósovo y sus dientes irregulares (ambos productos de la malnutrición por la guerra) me causaron una deliciosa impresión difícil de olvidar. Era mi favorita sentimental.

Y entonces llamaron como decimoquinta (y última) opción a Stefanie.

Es muy curioso. Esta gochita, que apenas alcanza la mayoría de edad, tuvo que participar en el Miss Venezuela representando a Trujillo, su estado rival, porque en su Mérida natal no ganó ni el premio consuelo “Pitcher Relevo Corto” de Miss Tovar. Pero Osmel Souza, en su infinita sabiduría, vio desde el principio madera fina en esta perdedora y la cobijó en su barroco seno. Más curioso aún me resultó observar minuciosamente que, si nuestra reina universal alguna vez se realizó una mamoplastia, pues ha sido muy discreta. Armónica, equilibrada, delicada, correspondiente a su delgada conformación ósea.

Luego salió un negro, desconocido para mí, a cantar, dice él, una especie de rap, ese género semimusical involutivo cuya vigencia comercial es más duradera que el periodo eterno de nuestro presidente.

Las 83 participantes, eliminadas o no, medio bailaban en bikini al son del negro y al final de esa parte del espectáculo volvían a salir las quince preseleccionadas para irse en fila india con el negro como escolta cantora. Por haber sido nombrada en decimoquinto lugar, Stefanie era la última de la fila y en esos escasos segundos de cierre de segmento lo hizo. Apelando a su improvisación venezolanista tan irreverente con el protocolo, Stefanie se fue quedando unos pasos atrás, más pendiente del negro desconocido (para mí) que de sus compañeras y, al compás del rap o lo que sea que sonara, estableció una fugaz pero efectiva comunicación con el cantante, quien le correspondió asintiendo y señalándola y la cámara en grúa alejándose y: “Quédate con la venezolana, corta a camerinos, disuelve a bomp out de sálida ¡vámonos a comerciales!”.

Fueron segundos, pero ahí me di cuenta de que las tetas populares de Miss Finlandia y los dientes escuálidos de Miss Kósovo tenían una dura competencia.

Se eligieron entonces las diez semifinalistas. Finlandia se quedó fría y las que sí fueron elegidas pasaron a desfilar en traje de noche. Todo iba normal hasta que salió Miss Venezuela en su vestido rojo. Rojo, rojito, rojote. Fue un acierto absoluto. Cuando volvieron a pasear las diez a la vez en una especie de coreografía de pasarela donde se cruzaban unas con otras, Stefanie brillaba amenazadoramente como el anuncio de una revolución incontenible. ¡Temblad, concursantes, temblad!

Ya había dejado de hacer zapping hacia los Media Rojas- Yankees y me estaba vacilando haciendo zapping hacia VTV, donde tres doñas muy feas y aburridas perdían la oportunidad de explicar porqué es muy sano, nutritivo, natural y económico que las madres le den pecho a sus hijos, desperdiciando argumentos para convencernos de que la industria de alimentos para niños es un monstruo que quiere envenenar a la población.

Ya de regreso, en el otro monstruo industrial de la belleza escogieron a las cinco finalistas. Las preguntas capciosas (muy feministas todas) fueron respondidas con los clichés de siempre. A estas alturas el jurado no espera que las concursantes den una respuesta original o inteligente. De hecho, todas repetían lecciones aprendidas acerca de la belleza interior, la igualdad de hombres y mujeres o sobre la infancia abandonada. Lo que el jurado quiere ver es que las digan sin cagarse en los pantalones.

Y en ese nivel Stefanie, acostumbrada como buena gocha educadita a dar exámenes orales en el colegio, se lució.


Cuando Dayana fue a llevarle la corona brincaban como dos carajitas estrenando el último día del colegio. Dayana la abrazó, le jamaqueó, le dio una nalgada y le zampó la corona mal puesta que se le cayó al piso delante de cientos de millones de televidentes. Hay que reconocer que, desde el Manual de Carreño hasta el “Por qué no te callas”, los venezolanos hemos desarrollado toda una elipsis de protocolo excepcional.


Hacía mucho tiempo que no oía la marchantica de Venevisión, que tantos recuerdos de infancia me trae. Primero en la versión frívola de los comentarios desde el set criollo del evento y luego en el extra que vino inmediatamente a continuación.

Hice zapping. Mario Silva y su panza hacían un análisis videográfico para demostrar cómo la oposición ha desarrollado un complot maquiavélico para obligar al gobierno que la reprima con gas del bueno en las marchas.

Recordé aquellos viejos tiempos cuando Radio Caracas interrumpía su transmisión para solidarizarse con el triunfo de la belleza venezolana (o como cuando ganó Alicia Machado y les jodieron el parque, porque VV lo estaba pasando en diferido y RCTV dio el tubazo).

Pero ahora Venezuela es otra. Aunque Miss Universo se vista de roja.

jueves, agosto 06, 2009

Resentimiento al desnudo


Hace pocos días fui arrastrado a uno de esos vodeviles donde unas jóvenes bailan con muy poca ropita alrededor de un tubo de aluminio y, al ritmo de una balada romántica o de un heavy metal satánico, van soltando prenda tras prenda, hasta quedar más expuestas que un ecosonograma.

Desde el primer día que fui a una de estas casas, mezcla de teatro con lupanar, me resultó un ambiente cómodo, familiar, sentí calor de hogar. Sobre todo porque está lleno de padres de familia y la gran mayoría de chicas que trabajan allí suelen ser madres. Uno, en fin, se siente hermanado.


Es curioso, pero estos negocios, tan exitosos económicamente, con tanto público y nómina, son técnicamente ilegales. Si les aplicáramos todo el peso de la ley —con la misma frialdad roberspierana con la que el ministro Cabello le cortó la cabeza a un bojote de radios que no cometían delito alguno— no podría existir ninguno de ellos.

No estoy, ni de lejos, pidiendo que les apliquen Ley alguna, ¡no por Dios, que eso no ocurra nunca! Sólo trato de reflejar lo excepcional de su naturaleza. Un negocio público, pero a puerta cerrada, donde acuden hombres a mirar (y tocar, y pagar, y bailar, y sobar, y penetrar) mujeres, sólo por un rato. Las conocen por su nombre artístico y al día siguiente voltean a la izquierda cuando se cruzan por la misma acera llevando de la mano a sus respectivos hijitos.

Quizás porque de joven fui muy tímido, de adulto muy romántico y ahora, de viejo, muy pichirre, nunca fui partidario de “pagar por sexo”, aunque siempre, de alguna manera, todos pagamos por amor. Quizás porque soy un pajizo, o porque mi lado femenino me gobierna, pero lo que más disfruto de estos lugares es sentarme a conversar con las bailarinas.


Siempre, sin excepción, tienen cuentos buenísimos. Tragedias y comedias, amores y dolores, madres e hijos, amantes clandestinos y novias del gremio. Son una telenovela ambulante. Con voz propia, piernas, nalgas y tetas, lamentablemente, cada vez más repotenciadas por la silicona. Con algunas he logrado entablar amistades muy sólidas y, cuando me las encuentro por la calle, las saludo y le doy la mano a su pequeño bastardo.

El tiempo y la prudencia han ido alejándome de estos salones, nada recomendables para tipos que combinen la tendencia a la socialización con el descuido administrativo. Siempre terminaba rodeado por un grupo innumerable de jovencitas divertidas y parlanchinas, pero la gracia me estaba saliendo cada vez más cara.


La última vez que fui acompañaba a un amigo que hacía un reportaje para alguna revista extranjera, así que había viáticos. Pero no muchos tampoco.

Cómo suele ocurrir cuando dos pelmazos como nosotros llegan a un cabaret, las chicas se nos abalanzaron como gaviotas hambrientas sobre un pedazo de pescado maloliente que cae de la lancha y la marea arroja con desgano a la orilla. Como los viáticos eran limitados, hubo que limitar la interacción femenina. Mi amigo escogió una morena como compañía a cambio de la elegante invitación de un trago. Yo escogí a la única que carecía de una mamoplastia morrocotuda, quien, con un brinco gracioso, aterrizó sobre mis piernas.

Vamos a hacer una aclaración microeconómica, veloz pero exhaustiva, para las damas lectoras que nunca hayan pisado esos antros de perdición o para los pendejos que no salen de su casa.


Hay chicas que bailan y otras que no. Las que bailan, a veces, dependiendo de la generosidad del público, reciben algunos billetes por su performance que van prensando en las tiras de su "lingerie" o en un liguero estratégico. Todas pululan constante por el local y, bailen o no, quieren que les invites un trago (carísimo), porque por cada uno de ellos el mesonero les da una ficha que ellas guardan celosamente en un monedero cuchi que cargan por ahí, o dentro de la bota con plataforma celestial que les ayuda a verse como un hembrón tamaño Miss Venezuela, aunque sea un cuajo que no llegue a metro y medio. La ficha la intercambian al final de la noche por dinero en efectivo. También pueden ofrecer un baile privado que se paga como un extra. Sin embargo, dependiendo de la borrachera, la actitud y, sobre todo, la billetera del cliente, todas tratarán de seducirlo para que las lleven al “apartado”, donde, literalmente, será exprimido como una naranja madura. Todo esto mientras va ocurriendo un show de chica tras chica que se monta en la tarima y se cuelga, con más habilidad que un chimpancé amaestrado, del reluciente tubo que domina la escenografía, símbolo fálico de nuestra insaciable decadencia.


Volvamos a la anécdota que nos trajo aquí.

Luego de las explicaciones de rigor sobre mi presencia en ese cabaret tropical con exceso de aire acondicionado, ella me preguntó: “Entonces, ¿eres periodista?”. Como en realidad yo no estaba haciendo ningún trabajo, sino que estaba de parejero y golillero, comencé a explicarle (juro que con la mayor humildad del caso): “En realidad yo tengo una empresa…”.

—“¡Ah no!” Me interrumpió con gravedad— “¡ya me caíste mal”.

Y luego comenzó a remedarme con tono socarrón, como si yo estuviera “echándomelas” de magnate, como si yo estuviera restregándole en su cara, injustamente, mi fortuna. A ella, pobre trabajadora social.

De hecho, estoy seguro de que ella gana más que yo. Y no tiene que sufrir la invasión del escuadrón de fiscales tributarios de toda índole, calaña y estrato burocrático que me arrebatan el dinero que tanto me cuesta ganar. Claro yo no tengo que sufrir la invasión carnal que ella sufre, pero ese es su trabajo. ¡Y gana más que yo!

No hay profesión que respete más, después de maestra de primaria, que la de trabajadora sexual. Imagínese usted, querido lector, la dignidad, paciencia y sabiduría que hay que tener para soportar con simpatía a esos borrachos infieles, viejos y barrigones que acuden por sus favores.

Pero cuando una dama profesional menoscaba a un posible cliente (en ese momento ella no sabía de mi limitado presupuesto) por un resentimiento equívoco, algo muy malo debe estar ocurriendo en la vocación de servicio del venezolano.

No vuelvo más. Ni menos tampoco.
















"What a bitch!"

jueves, julio 23, 2009

Aquellos alegres viajeros tan tristes

Ocurrió en el lejano 1985. Luego de algunos años despilfarrados. En plena depresión económica luisherrerina. ¡Ay, Luis Herrera, qué tiempos aquellos! En mi temprana juventud choqué de frente con la necesidad de obtener dinero y salí a buscarlo donde fuera.
Acudí a una dirección en Chacao que aparecía en un aviso de prensa donde aseguraban que, si tenías iniciativa y ambición podías ganar hasta 10 mil bolívares mensuales. Toda una fortuna para un veinteañero de ese entonces y, qué curiosidad, para uno de ahora ¡también! No había que ser un detective para deducir que se trataba de un reclutamiento para vendedores neófitos, pero, a pesar de no tener madera de comerciante, me presenté puntual a la cita.
Intentaba socializar con los otros (aproximadamente 24) jóvenes que se encontraban merodeando entre los pasillos a la espera de que algo ocurriera, cuando nos hicieron pasar a un saloncito tipo liceo pobre con olor a humedad y neones de brillo irregular devenido en templo de comercio. Para demostrar mi iniciativa y ambición me apresuré a ocupar un puesto en primera fila. A mi lado izquierdo se sentó una mami —de greñas tan rebeldes y naturales como sus tetas— que debía haber abandonado la adolescencia hacía unos quince minutos. Con una hábil maniobra de chequeo visual me enteré que su mirada estaba cargada de deseo apuntando al centro de mi pupila.



Una vez acabado el traqueteo natural de 25 humanidades acomodándose en sus respectivos pupitres, una gordita simpática e impetuosa, procedió a darnos una demostración teórico-práctica de cómo vender "las mejores ollas del mundo", cuya marca mantendré en el más profundo secreto. Más que una clase magistral fue un unipersonal hilarante, un show profesional cuyo nivel no volví a disfrutar hasta que me pusieron el DVD quemadito de Andrés López.
Una vez finalizada la clase de cómo ser vendedor exitoso en una lección, se estableció una edificante tertulia mercadotécnica entre los 25 aprendices de brujo y la voluminosa instructora, matizada por las explosiones animosas de los cada vez más extrovertidos vendedores a futuro. ¡Venga un aplauso! Y yo intervenía con alegría comercial a más no poder.
Vehementemente, sin cortapisas, con natural denuedo y (me imagino) mucha demagogia, la gordita ofreció villas, castillos y autos deportivos a todo aquél que vendiera cinco juegos de ollas al mes. Su discurso motivacional iba acompañado con una minuciosa indagación de nuestros sueños materialistas. Sin aviso disparó una pregunta inocente:
—¿Quién en este cuarto a viajado al exterior?
Yo levanté la mano como impulsada por un resorte. Ella entonces volvió a disparar.
—¿A dónde?
Sin ánimo de pedantería mencioné algunos países de Sudamérica y Europa para rematar diciendo:
—"... y como todo el mundo, a Miami".
La gordita hizo una pausa dramática y, esta vez, más que detonar una pregunta le quitó el seguro a una granada.
—"¿Quién más ha viajado a Miami?"…
Silencio sepulcral…
Volteé… y nadie había levantado la mano. Sólo entonces me percaté de que, a excepción de algún posible colombianito, en ese salón claroscuro y maloliente nadie había cruzado la frontera. Entonces la maldita gordita me miró con satisfacción ladina y me arrojó la granada a la cara.
—"Viste. No todos han viajado a Miami".
¡Kaboom!
E inmediatamente ofreció que el que vendiera más de cinco juegos al mes también podría viajar a Miami.
¡Eeeeesooooo! Clap, clap, clap, clap.
aquella tarde aprendí que la mayoría del país no pertenecía a los beneficiados de la Venezuela saudita. También me di cuenta de que yo no pertenecía a ese salón deprimente y a su neón imperfecto. Me percaté de que no era el más popular de la clase, como había creído. Y entendí que la mami de la izquierda me veía con el sano deseo del interés greñudo, pero no necesariamente carnal. Callé prudentemente el resto de la dinámica y me fui huyendo por la derecha con discreción. A los aspirantes a vendedores de ollas nunca más los volví a ver. Pero estoy seguro de que, aunque vendieran más de cinco juegos por mes, la gran mayoría jamás viajó a Miami.



Venezuela tiene cerca de 28 millones de habitantes y al exterior apenas viaja poco más de un millón cada año. Esto representa menos del 5% de la población, que es un porcentaje bastante alto para ser un país subdesarrollado (de Estados Unidos viaja un 20% y de Japón un 15%, aproximadamente). Pero es una proporción interesante para entender la naturaleza quebrantada de nuestro país que, a diferencia de Japón o Gringolandia, no tiene una población económicamente homogénea. Allá los viajeros se rotan cada cierto tiempo. Aquí viajamos siempre los mismos.



Una de las más perniciosas razones de nuestra brecha tradicional se establece entre los que vacacionan en Europa, Estados Unidos o, ahora, Panamá, tratando de exprimir el mezquino regalito que Papá Gobierno nos escamotea a través de los desnaturalizados dólares CADIVI; y las familias o muchachadas que abarrotan el litoral patrio desplazando panzas vernáculas de quince y último en medio de bikinis pornográficos (jamás topless), uñitas de los pies pintadas con aerógrafo; exhibiendo todos esa arena gris tierra pegada como piel de milanesa al pellejo, peleando a cuchillo por un pescado frito con tostón enchumbado en mayonesa, Ketchup y queso rayado.



Cada vez que hay festividades, estas dos venezuelas se alejan de sus indigencias cotidianas para entregarse al paraíso artificial de sus miserias. Pero cuando regresan a la realidad, se alejan más entre ellas. No se entienden, no se identifican. Ninguna reconoce necesidades comunes en ese espejo. Se miran con recelo, tratando de descubrir una cómo va a joderla la otra.

Qué puede importarle al 95% de venezolanos que sea un calvario acceder a unos dólares CADIVI, cuando en su vida ha tenido un dólar en la mano. Qué puede importarle que publiquen una ley que menoscabe el derecho a la propiedad, si lo único que ha poseído es su propia envidia. Qué va a interesarle que le quiten la concesión a una radio, si lo único que le conceden es una programación mediocre y frivolizada.

Así es la Venezuela que se aleja. Está por allá lejos, rogando indignamente a quienes se bañan en la mierda del diablo que le salpique unas gotas de petróleo.

jueves, junio 25, 2009

Malditos comunistas que quieren quitarme… ¿qué tengo yo que puedan quitarme?

“El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante…”
Manifiesto Comunista, Marx-Engels, 1848


Lo primero que debemos entender es la naturaleza de la propiedad.

Cada vez que pueden, los animales defienden su territorio, su comida, su hembra o hembras (las reinas insectos, sus zánganos), su prole... Pero, no todos los animales son como culebras o tigres, que llevan una vida solitaria excepto para reproducirse. Las hienas y las abejas, por ejemplo, entienden la propiedad como un bien común.



La propiedad es algo natural en el ser humano, sí, tanto individual como comunitario.

En realidad el concepto de la propiedad individual, de hecho y derecho, aparece recién con la burguesía europea. Antes de eso, sólo monarcas e instituciones religiosas (las oficiales, claro) podían ser dueños legítimos y legales. Y antes, en las tribus más primitivas, existían distintos tipos de propiedades comunitarias. Incluso de esclavos. Es decir, humanos que eran propiedad de otros humanos. Amnistía Internacional hubiera pasado mucho trabajo en aquellas épocas.

Sin duda, la aparición de la propiedad privada significó un beneficio social para la humanidad. Como lo fue en su momento la invención de la rueda o el descubrimiento de la penicilina. Desde cualquier punto de vista imparcial la propiedad privada representa un avance.

¿Por qué entonces aparecieron esos malditos comunistas a joder el parque?

¡Porque en 1848 los hijoeputas patronos explotadores, acumuladores de capital, únicos posibles dueños, vampiros egoístas, eran más malos que Montgomery Burns!



Bueno, eso era así hace doscientos sesenta años atrás. Desde entonces, gracias, entre otras cosas, a la labor política de la ideología socialista y a la inteligencia humana, las relaciones laborales en el sistema capitalista han mejorado hasta el punto de que hoy, a escala global, vivimos la mejor época de bienestar en la historia de la humanidad desde hace unos 200 mil años, cuando se calcula que apareció el homo sapiens.

Y eso se debe en gran medida (casi esencialmente) al desarrollo de dos conceptos éticos modernos que, a la vez, son algunos de los logros más importantes de nuestra especie: libertad individual y propiedad privada (incorporados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, justo a un siglo de la publicación del Manifiesto Comunista).

Aquí viene la parte antipática de estas líneas.

El problema de la “defensa” de la propiedad privada en Venezuela es que la mayoría de nuestros vernáculos no tiene muy clara la noción de libertad individual y, mucho menos, la responsabilidad que acarrea. El concepto de libertad que maneja un venezolano promedio se parece más a un día de playa donde la basura se bota indiscriminadamente a diestra y siniestra, que a la inauguración de puesto en el mercado que a partir de ahora hay que trabajarlo todos los días.



No culpo a los nativos. Nos han enseñado —en teoría y práctica, desde nuestra infancia hasta la vejez— que es más productivo jugar a la perversa la piñata gris de la burocracia , que sudar día a día el reto de la libre empresa. Llevamos toda la vida construyendo un país dependiente de un estado benefactor que está obligado (aunque cumple mal, poco o nada) a darnos lo que nos corresponde de la torta petrolera. Somos un país con alma de empleado público, no con espíritu emprendedor.

CEDICE y otra institución (acabo de ver el spot, pero no tuve oportunidad de retener el nombre) han desarrollado una campaña publicitaria en defensa de la propiedad privada, pero ambas pierden el sentido de un mensaje constructivo o educativo. Caen en el lugar común de la confrontación que tanto daño le ha hecho al discurso político en el país.

No propone nada. Peor aún, falla en el objetivo esencial de un mensaje, persuadir a quien no está convencido. Termina siendo una argumentación similar a cualquiera de las demostraciones ontológicas de la existencia de Dios, sólo convence a quienes de antemano ya creen en Dios.

La gran mayoría de los venezolanos no se considera propietario, sino desposeído. Siente que todo se lo merece sólo por tener un número de cédula y difícilmente se identifica con un empresario. Más bien lo ve como un explotador que alguna trácala tuvo que hacer para tener dinero, un dinero que seguro se lo birló al pobre empleado… con quien sí se identifica.

En cierta manera estamos más cerca de 1848 que de 1948. Qué decir del siglo XXI.

No todo es tan malo. Además de esta campaña, sin duda fallida, CEDICE tiene 25 años trabajando en el país y realiza una esfuerzo serio en la divulgación del pensamiento liberal. Eso es incuestionable.

Pero esta vez se peló.

Como el 12 de abril de 2002, cuando de mano de Rocío Guijarro, su gerente general, firmó el “Decreto Carmona”. Aunque su defensa para haberlo hecho me parece menos justificable, teniendo en cuenta que se trata de una institución cuya misión es: “la divulgación, educación y formación de los principios que sustentan la libre acción de la iniciativa individual….”

Puede revisarla, querido lector, en la propia página de CEDICE.

http://www.cedice.org.ve/detalle.asp?id=2901

Aunque me confieso incompetente digital, porque no sé cómo hacer que funcione el link con un click. Por favor, copie el URL de aquí arriba y péguelo en el navegador.