jueves, junio 25, 2009

Malditos comunistas que quieren quitarme… ¿qué tengo yo que puedan quitarme?

“El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante…”
Manifiesto Comunista, Marx-Engels, 1848


Lo primero que debemos entender es la naturaleza de la propiedad.

Cada vez que pueden, los animales defienden su territorio, su comida, su hembra o hembras (las reinas insectos, sus zánganos), su prole... Pero, no todos los animales son como culebras o tigres, que llevan una vida solitaria excepto para reproducirse. Las hienas y las abejas, por ejemplo, entienden la propiedad como un bien común.



La propiedad es algo natural en el ser humano, sí, tanto individual como comunitario.

En realidad el concepto de la propiedad individual, de hecho y derecho, aparece recién con la burguesía europea. Antes de eso, sólo monarcas e instituciones religiosas (las oficiales, claro) podían ser dueños legítimos y legales. Y antes, en las tribus más primitivas, existían distintos tipos de propiedades comunitarias. Incluso de esclavos. Es decir, humanos que eran propiedad de otros humanos. Amnistía Internacional hubiera pasado mucho trabajo en aquellas épocas.

Sin duda, la aparición de la propiedad privada significó un beneficio social para la humanidad. Como lo fue en su momento la invención de la rueda o el descubrimiento de la penicilina. Desde cualquier punto de vista imparcial la propiedad privada representa un avance.

¿Por qué entonces aparecieron esos malditos comunistas a joder el parque?

¡Porque en 1848 los hijoeputas patronos explotadores, acumuladores de capital, únicos posibles dueños, vampiros egoístas, eran más malos que Montgomery Burns!



Bueno, eso era así hace doscientos sesenta años atrás. Desde entonces, gracias, entre otras cosas, a la labor política de la ideología socialista y a la inteligencia humana, las relaciones laborales en el sistema capitalista han mejorado hasta el punto de que hoy, a escala global, vivimos la mejor época de bienestar en la historia de la humanidad desde hace unos 200 mil años, cuando se calcula que apareció el homo sapiens.

Y eso se debe en gran medida (casi esencialmente) al desarrollo de dos conceptos éticos modernos que, a la vez, son algunos de los logros más importantes de nuestra especie: libertad individual y propiedad privada (incorporados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, justo a un siglo de la publicación del Manifiesto Comunista).

Aquí viene la parte antipática de estas líneas.

El problema de la “defensa” de la propiedad privada en Venezuela es que la mayoría de nuestros vernáculos no tiene muy clara la noción de libertad individual y, mucho menos, la responsabilidad que acarrea. El concepto de libertad que maneja un venezolano promedio se parece más a un día de playa donde la basura se bota indiscriminadamente a diestra y siniestra, que a la inauguración de puesto en el mercado que a partir de ahora hay que trabajarlo todos los días.



No culpo a los nativos. Nos han enseñado —en teoría y práctica, desde nuestra infancia hasta la vejez— que es más productivo jugar a la perversa la piñata gris de la burocracia , que sudar día a día el reto de la libre empresa. Llevamos toda la vida construyendo un país dependiente de un estado benefactor que está obligado (aunque cumple mal, poco o nada) a darnos lo que nos corresponde de la torta petrolera. Somos un país con alma de empleado público, no con espíritu emprendedor.

CEDICE y otra institución (acabo de ver el spot, pero no tuve oportunidad de retener el nombre) han desarrollado una campaña publicitaria en defensa de la propiedad privada, pero ambas pierden el sentido de un mensaje constructivo o educativo. Caen en el lugar común de la confrontación que tanto daño le ha hecho al discurso político en el país.

No propone nada. Peor aún, falla en el objetivo esencial de un mensaje, persuadir a quien no está convencido. Termina siendo una argumentación similar a cualquiera de las demostraciones ontológicas de la existencia de Dios, sólo convence a quienes de antemano ya creen en Dios.

La gran mayoría de los venezolanos no se considera propietario, sino desposeído. Siente que todo se lo merece sólo por tener un número de cédula y difícilmente se identifica con un empresario. Más bien lo ve como un explotador que alguna trácala tuvo que hacer para tener dinero, un dinero que seguro se lo birló al pobre empleado… con quien sí se identifica.

En cierta manera estamos más cerca de 1848 que de 1948. Qué decir del siglo XXI.

No todo es tan malo. Además de esta campaña, sin duda fallida, CEDICE tiene 25 años trabajando en el país y realiza una esfuerzo serio en la divulgación del pensamiento liberal. Eso es incuestionable.

Pero esta vez se peló.

Como el 12 de abril de 2002, cuando de mano de Rocío Guijarro, su gerente general, firmó el “Decreto Carmona”. Aunque su defensa para haberlo hecho me parece menos justificable, teniendo en cuenta que se trata de una institución cuya misión es: “la divulgación, educación y formación de los principios que sustentan la libre acción de la iniciativa individual….”

Puede revisarla, querido lector, en la propia página de CEDICE.

http://www.cedice.org.ve/detalle.asp?id=2901

Aunque me confieso incompetente digital, porque no sé cómo hacer que funcione el link con un click. Por favor, copie el URL de aquí arriba y péguelo en el navegador.

jueves, mayo 28, 2009

La maldita lotería de habitar sobre el yacimiento



No voy a detenerme en demostrar que mientras más dinero nos entra por el petróleo, más pobres somos.

Lo que si quiero aclarar es que en Venezuela todos somos unos tontos del culo cada vez que decimos: “Con ese realero que nos entra, no es justo que haya tanta pobreza”. El problema no es el realero (nada despreciable) de la exportación petrolera, el problema es que es el ÚNICO negocio productivo de Venezuela y que, según dijo en 2002 Héctor Malavé Mata (que algo debe saber sobre economía): “Proporciona casi el 90% de las divisas que percibe el país y más del 50% de los ingresos del presupuesto nacional”. No sé porqué creo que no ha cambiado mucho desde entonces.

Aceptémoslo. No es que nos merezcamos vivir de las rentas por el hecho fortuito de ostentar esta nacionalidad tropical, la triste realidad es que el 99% de los venezolanos —que no trabajamos en la industria petrolera— somos unos parásitos.

En el artículo que me publica hoy El Universal, sacaba una cuenta sencilla: cuota diaria de producción petrolera (3 millones) multiplicada por el precio del barril (está alrededor de los $60) entre la cantidad de manganzones vernáculos (puse 24, aunque Wikipedia dice 28 millones. Es que no le creo tanto). El resultado era 7 dólares con cincuenta centavos. En realidad sería mucho menos, porque hay que descontar lo que cuesta producir cada barril, pero en el mejor de los casos podemos hablar de cinco dólares. ¡Cinco miserables dólares! Esa es nuestra gran riqueza si a todos nos regalaran las ganancias del petróleo. Imaginémoslo, cada mes Papá Estado nos depositaría la jugosa fortuna de 150 dólares. Cada mes podríamos salir corriendo a comprarnos un iPod nano de diferente color, ¡Yupi!

Dígame la verdad, querido lector, ¿no se siente un poquito miserable?

El aterrador problema de Venezuela no es que no se reparta bien la riqueza del petróleo, sino que no producimos ninguna otra. Somos abismalmente inútiles.

De hecho, lo que han venido aplicando todos los gobiernos, desde López Contreras para acá, es la repartición más o menos discrecional de los recursos petroleros. Las que hasta hoy nos parecen sabias palabras de (y que me perdone el maestro) Uslar Pietri: “Sembrar el Petróleo”, es lo que hemos intentado hacer de mil maneras y de mil maneras hemos fracasado. Pero no vamos a encontrar otra solución que no sea el fracaso, porque si la agricultura, la manufactura, el turismo o cualquier industria no saben valerse por ellas mismas, no sirven para un carajo. El petróleo no debe ser el papá proveedor del resto de la economía venezolana, porque sencillamente no puede, ni a 120 dólares el barril.

Toda esta perorata viene porque he leído de gente querida y respetada como Carolina Jaimes Branger o Per Kurowsky la propuesta de aplicar un sistema de entrega de ganancias del ingreso petrolero directamente a los ciudadanos. Mencionan el modelo noruego, que utiliza las ganancias petroleras para realizar inversiones en el extranjero y crear un fondo de pensión para sus ciudadanos.

Lo que veo es que este proyecto no es solución de nada, porque el problema está en nuestra economía toda. Es como hablar de amueblar el segundo piso, cuando todavía no hemos construido el primero. Para llegar a la posibilidad de disponer de las ganancias del petróleo, primero tendríamos que tener una economía sólida que no dependa del petróleo. Suena paradójico, pero no lo es.

Pero el problema de fondo es lo que más me molesta. El dinero no suele ser bien administrado cuando te lo regalan porque sí. En cierta manera miserable es lo que han tratado de aparentar que hacen todos los gobiernos desde el siglo XX: administrar parte de la bonanza petrolera para “invertirla socialmente” en los “más pobres”. Y el mejor resultado ha sido un venezolano menor de edad mental que necesita de un Estado castrante y manipulador. La sospecha hacia el trabajo decente como fuente de bienestar. La ansiedad de encontrar un atajo invisible en el laberinto que conduce a la riqueza. Lo único que hemos logrado es un venezolano con el resentimiento errado de envidiar la prosperidad ajena, porque cree que se la robaron a él.

Una prosperidad que cree haber tenido en un mundo más justo, donde sí le tocaba su chorrito de petróleo.

miércoles, abril 01, 2009

De géneros, sexualidades y féminas

Sucede que la Asamblea Nacional está discutiendo un proyecto de ley para sustituir la actual Ley sobre la Violencia a la Mujer y a la Familia, ampliando su alcance y fundamentándola en el concepto de la “igualdad de género”. El proyecto de esta futura ley (que sin duda se aprobará) reconoce en el artículo 5 que todos los venezolanos tenemos derecho “a vivir una sexualidad placentera y la capacidad de ejercer la orientación sexual e identidad y expresiones de género sin discriminación”. Contra cualquier crítica furibunda que pueda hacérsele al gobierno, hay que reconocer que plantear estos conceptos es avanzado y meritorio.
Para ser latinoamericano, Venezuela es un país bastante igualitario y, contrario a lo que pudiera parecer a primera vista, poco machista. Tiendo a pensar que más por las bolas que le echan las mujeres y por la ineptitud de los hombres, que por algún consenso que hayamos desarrollado como sociedad de avanzada.
Los estudios sociológicos indican que en la mayoría de los casos, el núcleo familiar se determina por una relación matrilineal: abuela-madre-hija. Alrededor de ellas hay niños y machos proveedores. Supongo yo que machos chulos también, pero esos deben entrar en la categoría de niños, aunque midan un metro ochenta y pesen cien kilos. Las niñas, por su parte, dejan de serlo en el momento en que se convierten en madres. Esto que acabo de decir me lo fusilé de una charla que dio Luis Pedro España.
Las mujeres tienen un rol activo y decisorio en la vida cotidiana. Pongo un ejemplo que descubrí haciendo un video para la empresa constructora Odebrecht. En la más reciente generación de contratados para las obras del Metro de Caracas, de trece escogidos, doce eran ingenieras. De hecho en Venezuela, aproximadamente el 50% de los cargos técnicos y gerenciales de esta empresa lo ocupan mujeres. Los ejecutivos brasileños y colombianos nos decían, con complacido asombro, que eso era inaudito, que en sus países no se daba, ni de lejos esta relación.
Aunque la palabra no sirve para nada si no se corresponde en acciones, creo que esta ley de géneros será muy beneficiosa, porque en realidad está regularizando una dinámica social que ya está encaminada. Y quizás, algún día, cuando las mujeres se sientan más seguras, nos libraremos de esa tara innecesaria e inútil de enumerar: “Ciudadanos y ciudadanas”, “niños y niñas”, “presidentos y presidentas”. Nunca está de más recordar que los idiomas son el resultado de la costumbre y la economía intelectual. Lo lógico es evolucionar hacia lo más práctico. Y la palabra perro no muerde.
Es decir, cuando digo “los niños”, se sobreentiende que incluyo a los menores de ambos sexos y eso no es de ninguna manera discriminación. Igualmente, porque yo, retóricamente, diga “niños y niñas”, no le estoy otorgando a las mujeres un pasaje para la igualdad. Si las palabras, como conjuros mágicos, transformaran la realidad, Irán sería el país más igualitario del mundo, pues en el persa sólo existe diferencia entre género humano y no humano. Y hasta donde sé, a las mujeres las tienen bien jodidas por allá, aunque verbalmente no haya ninguna discriminación.
Para finalizar esta digresión, el ejemplo más útil de lo inútil que resulta esta enumeración, se ve cuando los políticos idiotas cierran su frase con un: “…para todos y todas”. Al decir “todos”, estamos hablando de la totalidad. Que casualmente la palabra termine en “o” y que por eso nos suena a macho, no quiere decir que “todo” tenga sexo, sino que es, gramaticalmente hablando, de género masculino. Es, ¡por la puta madre!, TODO, equivalente a TOTALIDAD, que, a su vez, tiene género femenino, pero que juro por Dios que no tiene vagina.
Sin embargo, aunque la palabra perro no muerde, para los homosexuales (que te muerden detrás de la oreja si te ahuevoneas), una ley que suscriba el derecho que todo el mundo tiene de hacer de su culo un florero, es todo un éxito. A un joven del siglo XXI puede parecerle curioso que una norma reglamente sobre lo que cada quien hace con otro en su cama, pero si revisamos la historia del derecho, descubriremos que hasta hace poco las leyes pretendían regular lo que era aceptable, o no, en las relaciones sexuales privadas, según las buenas costumbres de cada época.
Por eso, que la ley proclame el derecho a “ejercer la orientación sexual e identidad sin discriminación”, no es simple retórica. Es un paso adelante para la comunidad homosexual, a quienes se les podría abrir (¡ups!) incluso la oportunidad de contraer matrimonio legal. A no ser que haya un referendo, como lo hubo en California, para impedirlo.
Algo que me cuesta entender es ¿cómo en el estado de California, donde se encuentra Silicon Valley, cuna de la modernidad, y donde las mujeres se implantan más siliconas que un tranformista, haya ganado un referendo opuesto al matrimonio entre personas del mismo sexo? A estas alturas nadie debería oponerse al matrimonio gay. Eso sí, yo me opongo rotundamente al divorcio gay.
Bueno, nada, entre tanto despropósito político, quise destacar algo positivo. Listo, volvamos de nuevo a la realidad.

jueves, marzo 05, 2009

27F: Símbolo a Caracazos

Cuando como pueblo, que somos todos, nos juntan a coñazos, no buscamos justicia en la virtud, sino en la decadencia



Aquel que quiera entender el 27 de febrero como un icono político, o es un hijo de puta demagogo como Caldera o es un pendejo del culo que está buscando epopeyas como un recogelatas que encuentra tesoros debajo de la basura. El 27 de febrero no fue un día, fue una semana bisagra entre la Venezuela que quería ser y la mierda que ha sido. Comenzó como un bochinche, en el más preciso sentido de la palabra, y terminó con sabor de mosquero en la boca.

Ese día nadie amaneció con la idea de robar nada, pero recuerdo que no desayuné, porque el pan que ayer costaba cinco, hoy costaba quince. No hacía tres meses que los electores habían votado masivamente por un sueño. La campaña de Carlos Andrés Pérez no había prometido nada concreto más allá de una sonrisota, una chaqueta, unos brazos aspaventosos, nada más allá de una ilusión vacía. Como la de un casanova que nunca se compromete con la inocente damisela para seducirla y ella se lo cree todo. Así el pueblo sobrentendió que con CAP íbamos a volver a la Venezuela Saudita de los 70. La mañana del 27 les rompió el corazón.

Entonces cual amante herida en su orgullo, las masas clamaron venganza. Y las protestas le fueron abriendo paso a la anarquía, sin detenerse mucho a cuestionar la responsabilidad de los políticos corruptos. Si somos sinceros tenemos que aceptar que los suscribieron. Fue como si el pueblo en masa hubiera dicho a una sola voz: “¿Ustedes roban? ¡qué bueno, pues nosotros también!”.

Al principio todo fue alegría. Mi amigo Z., quien vivía en El Valle (o Las Adjuntas, no importa), me decía emocionado: “Fue una fiesta. Nadie dormía, corríamos como hormiguitas de las tiendas a las casas”. Se saludaban al cruzarse en el camino, brindaban con whisky caro y se sentaban en la zapatería a probarse los modelos hasta que un par les calzara. Z. sentenció con los ojos rojos rojitos (no por doctrina, sino por falta de sueño): “Era el momento de abastecerse”.



Ni los políticos ni los seudoempresarios que suelen dirigir nuestro país querían entender nada. Los primeros le echaban la culpa a la especulación maligna de los comerciantes. De hecho Carlos Andrés tuvo el tupé de decir que la protesta no había sido contra él (o la élite política), sino que había sido una protesta de “pobres contra ricos”. Como si el bodeguero del barrio fuera Bill Gates. Claro, para Escarlata y Perolito un lustrabotas es millonario, pero que un Presidente de la República diga tamaña estupidez sólo puede significar mala intención o una vanidad cegadora.

La estupiburguesía juraba que todo era un boicot comunista. Los mercantilistas habían aprovechado la liberación de los precios para volverse millonarios en una mañana. La codicia recibió su castigo entre los comerciantes, justos o pecadores, dándoles duro con un palo de piñata en la mano invisible.

Se ha especulado mucho, pero los medios de comunicación no fueron los detonantes. No el primer día. Entre Guarenas y Caracas el honor se lo debemos a los motorizados, quienes se dieron a la tarea de alebrestar los ánimos de boca en boca, durante todo el día, como un encolerizado enjambre sobre ruedas. Pero la voz se regó a fuerza de radiobemba, porque las protestas se multiplicaron en el interior del país a un ritmo exponencial.

Algunos descansaron aquella noche, pero al amanecer del 28 nadie tenía ganas de dormir. Quizás, si no fuéramos un pueblo tan enérgico para el despelote, habríamos amanecido con ganas de ordenar la pea, respirar profundo y decirnos: “ya pashó, ya pashó”. Pero los únicos que parecieron dispuestos a organizarse fueron los medios. Con 24 horas de acontecimientos en pleno desarrollo, la competencia periodística se esforzó por darnos la información más “oportuna y veraz” con una dedicación digna de mejor desafuero. Los saqueos y motines siguieron multiplicándose. Venezuela, que desde hacía tiempo era un país con altos niveles de inseguridad a nivel internacional, peló por la pistola y los malandros hicieron su agosto repeliendo el fuego de la policía. Al final de la jornada el ejército tomó la calle y comenzó el toque de queda. La última vez que Venezuela había dormido al amparo militar fue en los años sesenta, cuando vivía una etapa post dictatorial y la guerrilla estaba activa.



Pero el toque de queda decretado el 28 no ofreció ni sueño ni amparo. La política gubernamental fue buscar, encontrar, recuperar y devolver los bienes robados. Ardua labor y nunca he sabido del porcentaje que regresó a sus propietarios. No sé porqué supongo que fue el mínimo. Lo que sí asegura Cofavic, según el reportaje dominical de Siete Días es que:

El 41% de las muertes ocasionadas por las ¿fuerzas del orden? ocurrió después del primero de marzo, cuando ya no había disturbios.

25% de las víctimas estaba dentro de su casa cuando le dispararon.

De esas 25%, 45% se produjo durante el toque de queda.

El gobierno de turno no supo contar más de doscientos setenta y seis cuando se le comenzaron a amontonar los cadáveres. Nunca consideró como oficiales a los sesenta y ocho cuerpos exhumados en La Peste. Ya sólo por ahí van trescientos cuarenta y cuatro venezolanos asesinados oficialmente por fuerzas del Estado. Pero en 1999, camino del 2000, año de la Desgracia de Vargas, en los tribunales militares cursaban las causas de cuatrocientas treinta y siete víctimas mortales. Se habla de más de mil muertes, pero nunca se sabrá cuántas ocurrieron durante aquella semana, histórica a la fuerza, del 27 de febrero.

Los políticos habían alcanzado el poder tras una campaña donde prometían, sin decirlo, una bonanza romántica. Los comerciantes creyeron que se iban a bolear con sólo marcar los precios tres veces más caros. El pueblo “mesmo” se cagó en la madre de “todos y todas”. Los venezolanos armados por la ley y el orden no vinieron de Marte ni los contratamos en la Legión Extranjera. Fueron venezolanos que aprovecharon el desgobierno para jugar a ser los malandros más arrechos y coño´emadres del barrio. Todo mal. Todos como paisanos de un mismo país, en cada uno de los roles que nos tocó jugar, lo hicimos mal. Los pendejos y los fariseos, todavía hoy, miran la viga en el ojo ajeno y se rasgan las vestiduras.

Recordar el 27F no con vergüenza, sino como un símbolo de rebelión popular o un despertar de conciencias, en vez de analizar cada error para no cometerlo otra vez, sólo indica lo inmaduros que somos como pueblo y la miserable avidez de historia con generosa falta de rigurosidad que caracteriza a nuestra élite política e intelectual.

jueves, enero 08, 2009

David y Goliat: La Venganza de los Idiotas 3.125



La leyenda bíblica cuenta cómo un pastorcito, con sólo una honda, derribó a un soldado filisteo gigante, blindado en tecnología de la Edad del Hierro. Inmediatamente después, y ante la atónita mirada de ambos bandos, el pastorcito se acercó al gigante dando brinquitos ora en un pie ora en otro, cual versión masculina de Heidy en el desierto y, con la propia espada del ogro que convulsionaba en el piso, le cortó la cabeza.

Sucede que Filisteo, “invasor” en antiguo hebreo, era el nombre que los judíos daban al pueblo que ocupaba una zona que ahora llamamos Franja de Gaza y entonces se conocía como, Filistia, voz que con el tiempo se transformó en Palestina.

Hoy la zaga continúa, más emocionante y sangrienta que nunca. Sólo que ahora el invasor, el gigante armado con la tecnología del siglo XXI, es el Estado Judío. Pero las leyendas no son historia, sino mitologías que pretenden dar lecciones de moral. La historia, en cambio, se escribe no por los vencedores, sino por el registro involuntario de cada ser sobre la tierra con tinta amoral. Y en la vida real ningún palestinito va a descalabrar con una piedra al sofisticado ejército de Israel.


Pero el más grave enemigo para los palestinos no son los desalmados judíos genocidas, sino ellos mismos, quienes votaron casi en un 60% a favor de la postura política de Hamás, el partido que arrasó en las elecciones parlamentarias de 2006 y que no quiere reconocer la existencia de un Estado Judío. Y que en vez de conversar con su vecino, detona bombas, secuestra, ajusticia infieles, se inmola y derrama sangre inocente en el nombre de su tierra y de su dios.


Y la más grave amenaza para los judíos no son los árabes salvajes terroristas que tienen a tiro de piedra, sino su circuncisa soberbia. Quizás haber sido un pueblo perseguido y diezmado no los llevó por el camino de la humilde sabiduría, sino por la ruta de la intolerancia. Resultado comprensible porque, después del ataque, el odio y la venganza suele ser la reacción primigenia del humano. Pero que jamás podrá justificar que se hayan convertido en un vecino aterrador, que anhela ser reconocido a punta de patadas, misiles, balas, torturas, ocupación ilegal y derramamiento de sangre inocente en el nombre de su tierra y de su dios.

Discutir si la masiva respuesta judía —que ha acabado con la vida de quizás cientos de niños— es desproporcionada ante las bombas palestinas de manufactura casera (tan ridículas que la que cayó en la escuelita judía nunca explotó), resulta poco menos que inútil. Es como escuchar los argumentos de dos niños de kinder tratando de explicar quién comenzó la pelea.

¡Comenzó hace como tres mil años! ¿Qué importa hoy quién la comenzó? ¿No están ya creciditos para seguir matándose? ¿Hasta cuando van a seguir jodiendo?

Tengo buenos amigos judíos y familia árabe. Por eso sé que son más tercos que un indio peruano. Evidentemente los grandes burócratas del poder internacional tienen que seguir moviendo su pesado culo para lograr un alto al fuego y ayuda humanitaria para la población civil. Pero a mediano plazo eso no servirá de nada.

Estamos ante un conflicto irracional que se pierde en la amnesia histórica de estos pueblos. Es como meterse en las peleas privadas de un matrimonio milenario.

La única solución es quitarle las armas y amarrarlos a cada uno desnudo panza contra panza. Hombre con hombre, doña con doña, niño con niño. Si al final de la jornada no aprendieron a tolerarse no merecen ni el apoyo ni la compasión de nadie. Su idiotez ya me tiene hasta las bolas.

miércoles, octubre 01, 2008

La agridulce historia de un gallo de pelea en Boston

Hace algunos años vi mi primera y única pelea de gallos. Fue en Margarita por pura casualidad. Nos paramos a comprar unas cervezas regresando de Macanao y ahí estaba la gallera, aledaña. Fue un espectáculo violento, agitado, estridente, sangriento y supongo que algo ilegal porque las apuestas abundaban. Pero no puedo dejar de reconocer que fue emocionante.

Ahora paso a contarle, querido lector, un cuento sacado no de la vida real sino de una serie gringa: Boston Legal, o Justicia Ciega, como la titulan para Latinoamérica. Se trata de un bufete de abogados excéntricos que se hacen de los casos más insólitos. Este era el de un simpático y elemental inmigrante mexicano acusado de crueldad con los animales por entrenar a “Jacinto” y hacerlo participar en varios torneos de gallos.
El caso de la defensa fue impecable. Luego de hacer evidente el cariño y orgullo que sentía el amo por su gallo campeón, el abogado defensor expuso su alegato:
La industria alimenticia empolla mecánicamente millones de pollitos que jamás picaran el piso buscando lombrices, ni piarán detrás de su mamá gallina. Apenas nacen entran en una cadena de producción donde les queman el pico y los encierran en una jaula mínima para no moverse nunca más hasta alcanzar el sobrepeso que les otorga su comida rica en hormonas. Finalmente terminan su breve vida en un mercado o en un KFC. ¡Ñumi, ñumi!

En cambio, el gallo de peleas crece en un corral, corriendo y entrenándose diariamente. Su dueño lo baña, lo acaricia, le provee los alimentos más nutritivos, lo desparasita y cuando llega a su vida adulta se enfrenta valientemente en las arenas del coliseo donde tiene varios momentos de gloria plenos de adrenalina que le dan sentido a su vida. Y, si es un gran campeón, se retira orgulloso y fortalecido para convertirse en padrote hasta el fin de sus días, disfrutando de las gallinitas más curvilíneas de la granja. Y después de su muerte no lo convierten en hervido.
¿Quién es más benévolo con los animales?

Como es una comedia gringa tuvo un final feliz y el mexicano fue encontrado inocente. Sin embargo, como es una serie moderna, fue una felicidad agridulce. El mexicano no pudo reencontrarse con su querido Jacinto. La sociedad protectora de animales que lo había salvado de la crueldad de su amo, hizo lo que indica la ley en el caso de esta raza de gallináceos: lo sacrificó. Eso sí, muy humanamente.

jueves, septiembre 04, 2008

La Venezuela que existe (sólo en tu mente)

Una amiga auto exiliada hoy en Barcelona siempre decía: "No existe Venezuela, existen los venezolanos". De inmediato le refutaba con evidencias elementales que existe una Venezuela. Pero en el fondo yo lo sabía, ella tenía razón.
Venezuela, al margen de kilómetros cuadrados y controles de cambio, es una entelequia, un algo que quiere ser por cada uno de los que nos entendemos como venezolanos. Lo dramático es que, ni como individuos ni como colectivo, sabemos qué queremos ser. Peor aún, creemos saberlo cuando en realidad estamos confundidos y erráticos. Como una adolescente ansiosa que mira pasar la tarde lluviosa de domingo a través de su ventana y sólo se levanta para aspirar a ser, vanamente, una Miss Venezuela plena de fama y dinero. Aunque intuya que, aritméticamente, serlo es más improbable que sacarse el kino.
Más que en la contradicción, vivimos cotidianamente nuestra esquizofrenia. Queremos ser demócratas, pero votamos masivamente por un autócrata. Queremos ser ricos, pero despilfarramos el dinero. Queremos ser bellas, pero nos inyectamos plástico en el cuerpo. Queremos ser elegantes, pero nos ponemos flux con 30 grados a la sombra. Queremos ser inteligentes, pero nos copiamos el examen. Queremos ser aseados, pero botamos la basura por la ventana.
Finalmente Venezuela termina siendo bulla y promesa: “Nos vemos mañana”. “Te llamo este fin”. “Nunca más vuelvo a montarte cachos”. “Hasta las últimas consecuencias”. “Se inaugurará”. “Ahora mi compromiso es mayor”.
Y nos queremos creer cada promesa con lágrimas en los ojos, pero las telenovelas venezolanas ya no son tan “buenas” como las colombianas.
Mientras tanto estamos, cada uno, pintando su propio color de un país que no existe. Un país variopinto, tricolor, vinotinto, rojo rojito, verde dólar, marrón pírrico. Por eso es tan fácil cambiarle de nombre a los parques, inventar nuevas fechas patrias, nuevas banderas y torcerle el cuello al caballo.
Porque el país que queremos todavía no existe.