domingo, octubre 16, 2011

El Óptimo Humano (o Todo Pasado fue Peor)

La regla inexorable de la vida es la extinción. Desde la aparición de la primera célula hasta hoy, han desaparecido más del 99% de todas las especies animales y vegetales del planeta. Han ocurrido cinco extinciones masivas, incluyendo la muy publicitada de los dinosaurios. Quizás nunca sepamos las causas exactas de cada una, pero los sospechosos habituales son los grandes meteoritos, supervolcanes, glaciaciones, cambio de los polos magnéticos del planeta o combinaciones de los mismos.

El hecho es que, a pesar de tanto desastre, la vida ha prosperado una y otra vez, y todo indica que volverá a hacerlo por muchos millones de años más. Miles de millones más, muy probablemente, incluso aunque ocurra otra desgracia cósmica inesperada. Claro, habrá cambios, como siempre los ha habido, y la clave para la supervivencia estará en la habilidad para adaptarse a ellos. No siempre serán extinciones masivas, la experiencia indica que constantemente unas especies perderán el ritmo hasta irse en fade para dar paso a otras. En este concierto sinfónico universal, la raza humana es una instrumentista más que, en este momento, está comenzando a tocar su solo.

Vivimos el mejor momento de la humanidad. Nunca antes habíamos sido tantos y con tanta esperanza de vida. Quien quiera creer que algún tiempo pasado fue mejor, no se ha detenido a conjeturar cómo vivía el hombre común de hace apenas 200 (¡no digo 2 mil!) años. Solemos imaginarnos escenarios bucólicos, ambientes limpios y una cotidianidad libre del estrés actual. Nada más lejano de la realidad. La naturaleza era (y sigue siendo) una selva abundante de depredadores, alimañas venenosas, insectos peludos y parásitos invisibles. Ciertamente cielos y ríos eran más limpios, pero no había tuberías en casa, ni servicios de aguas negras, ni pasta de dientes, ni toallas sanitarias, ni concepto de salud pública. ¿Y no había estrés? Sólo imagine, querido lector, lo que significaba ser esclavo o siervo, algo como una especie de cadena perpetua; o ser obrero de un burgués que podía despedirte sin que el Ministerio del Trabajo lo multara, o ser un burgués que la Corona expropiaba cuando venía en gana, o ser un rey cuyo hermano te envenenaba públicamente sin temor a que La Haya fuera a juzgarlo. Eran épocas terribles cuando mujeres y niños se consideraban una propiedad, había que parir —sin epidural ni cesárea— unos diez muchachos para que sobreviviera la mitad (con suerte). ¡Y no había DirecTV para ver el Mundial!

Vivimos el resultado de miles de años de experimento humano que ha dado dos grandes saltos económicos: la agricultura y la industrialización. El primero permitió que se creara la civilización y el segundo estamos aprendiendo a manejarlo. Pero ya anuncia un camino que se dirige hacia la universalidad de las relaciones humanas, el respeto de los derechos humanos y la democratización de la información. Nunca antes habíamos podido identificarnos tan semejantes a pesar de las distancias y diferencias de raza o cultura.

Ya Malthus predijo que nos moriríamos de hambre según sus matemáticas. Y no sólo se equivocó un poquito, hoy el hombre produce muchísimo más alimento del que puede comer. Y si bien es cierto que alrededor de mil millones de personas sufren algún grado de desnutrición, jamás en la historia de la humanidad el 80% de su población había tenido la certeza de no pasar hambre. Malthus falló como profeta, así como fallarán todos los adivinos que utilizan cínicamente los miedos ecológicos, muy razonables en la conciencia del ciudadano común, para su promoción política.

La industrialización no es una bendición divina ni una maldición, sino un efecto natural de nuestro desarrollo. Quizás su mayor defecto y peligro más inmediato es la contaminación, fenómeno que antes no ocurría en magnitudes industriales. Sin embargo, la conciencia ambiental ya está presente en casi toda faceta de la actividad social y la tendencia es a desarrollar tecnologías ecológicas beneficiosas para el entorno. Contrario de lo que suele suponerse, no tenemos la capacidad para autodestruirnos como especie, mucho menos acabar con la naturaleza. Si detonáramos todas las bombas atómicas y voláramos todas las centrales nucleares a la vez, no alcanzaríamos a producir ni a un décimo de la energía que desató el meteorito que se supone acabó con los dinosaurios. La peor catástrofe atómica sería una calamidad, pero no acabaría con la especie ni con la naturaleza. En el futuro seguro que encontraremos esa o alguna otra forma de embarrarla, pero la vida es más sabia que el hombre.

El pasado demuestra que la humanidad, en su conjunto, no ha dejado de mejorar en todos sus niveles de vida. Y no hay nada que indique que esto vaya a cambiar en el futuro. Cuando se levante mañana piense un poco en esto y recuerde que sus hijos van a vivir en un mundo mejor que el suyo.